Casi en mi memoria

No tengo esfuerzos ya para soñar

ni seguir creciendo.

Sólo me acecha la vanidad

de arrastrarme por la melancolía

de las noches lúgubres que recuerdan

mi amanecer junto a ti.

El hastío del asfalto quema

mis pies descalzos.

No puedo caminar.

Sólo existe para mí consuelo

la desolación de la mirada amarga

de aquel vagabundo que viste

con

chaqueta prestada mientras se asoma

a la ventana esperando su turno.

Retrocedo. Me invaden las multitudes

de pies descalzos.

Tengo inerte el corazón con tanta oscuridad.

Mi habitación se ha vuelto eterna.

Fumaré un cigarrillo en mi sofá para

tapar mis ansiedades.

Apenas un instante ha durado mi quietud.

Confundo mi inquietud con el humo gris

de mi cigarro.

Me falta el aire.

Me ahogan las paredes blancas,

cegándome su claridad.

Plancharé mi chaqueta verde oscura,

más cercana a la esperanza.

Mañana tendré que volver a caminar.

Lo haré mirando al frente

para no atisbarme de mis pies descalzos.

No eres tú, Amor, lo que recuerdo

en mis noches lúgubres.

Se me volvió el Amor tan despiadado.

Eres tú, Desesperanza, por llevarme

a caminar con los pies descalzos.

Eres tú, indigno sentimiento, que

nos arrastras a muchos a pisar el

asfalto con los pies cansados.

Casi en mi memoria

Duerme viejo el árbol solitario del invierno.

Y han sido tantos ya

que en su memoria parece un sólo invierno.

Se alarga el sol entre las ramas de los castaños.

Un solitario mirlo dice su canto indiferente de los coches

y de las gentes.

Deshoja el viento caprichoso las rosas de mi balcón.

Lágrimas y deshielo se confunden.

Duerme viejo el árbol solitario del invierno.

Y han sido tantos ya

que en mi memoria parece un sólo invierno.

Casi en mi memoria

“Pienso en ti”

Revolotea la luz en mis pestañas

y hace guiños extraños.

Pienso en ti.

Tu cuerpo apretado al mío,

tan ligero.

Pienso en ti.

Aviva aquella luz mis sentimientos.

De dónde sale tanta fuerza?

De pronto el suelo se ha llenado

de pétalos de rosas.

Y tu cuerpo sobre esos pétalos de rosas.

Yo lo acaricio, ardiente de deseo.

Pienso en ti.

Me invade un corazón de sentimientos.

Y aviva aquella luz mis pensamientos.

Pero es sólo claridad a mí agonía,

porque estás ausente.

Tan sólo es una luz del pensamiento,

que destella sombras y ciega las entrañas.

Quiero que estés aquí,

para quererte,

quiero que estés aquí

para besarte,

quiero que estés aquí,

para abrazarte,

quiero que estés aquí,

para mirarte.

Quiero que estés aquí.

Pienso en ti.

Alumbra la melancolía.

Y otro amanecer despierta.

Que es desatino cruel beber la rosa de tu aliento

tan sólo en una luz.

Pensando en azul

“A esos corazones rotos que mueren a borbotones”

Tan lánguida. Tan gélida. Tan mía.

Así se me muere la vida,

así,

tan mortal, tan efímera, tan sufrida.

Así, a

será mi despedida,

tan doliente, tan vanal, tan herida.

Será arriesgado quererte,

pero imposible es no parecerte.

Así se me muere la vida,

así,

inútil.

Cada rosa se ha perdido.

Sólo hay espigas en el viento.

Pensando en azul

“A borbotones”

No se rompe el corazón a dentelladas.

A borbotones sí.

A borbotones se desnucan las ánimas

y se rompen las certeras madrugadas que consumo viviendo.

Apremia el llanto a borbotones,

se implanta la sinrazón, se disculpa la melancolía.

Todas las las tristezas del llanto, la sinrazón y la melancolía

salen del corazón a borbotones.

Y si yo viera que tú mueres,

que Dios me oprima el cuello a borbotones,

para que pueda quererte eternamente.

A borbotones sí.

Así se refleja la nostalgia en el reloj,

la oigo en mi reloj acompasada,

años tras años, día tras día, instante tras instante…

porque tengo muchas dentelladas,

tantas como tristezas salen de mi corazón a borbotones.

Heroida

A grandes zancadas sobre las olas desterré mi llanto. Lágrimas y oleaje se confundían. Con lánguidos suspiros dejé atrás la arena, la misma en la que un día me dijiste adiós. Aquella primera ola mojó mi melancolía. Retrocedí un instante. Fumé un cigarro para tapar mis ansiedades. Apenas un segundo duró mi quietud. Se me volvió el Amor tan despiadado que el hastío de la arena quemó mis pies descalzos. Con pequeños pasos me adeentré en el mar. La segunda ola ha salpicado las noches lúgubres que recuerdan mi amanecer sin ti. “Adiós, amor, adiós hasta la muerte.”

Pensando en azul

Tengo este sufrir clavado en mis entrañas,

como una espina ardiente, enhiesta, agónica

qué desgarra la garganta,

un sufrir que no se aplaca y acrecienta su mirada

fija, plena, vana,

rasgada por el cristal turbio de la madrugada.

Siéntome así de lleno en el abismo,

en un abismo oscuro de polvo y escombrera.

Y mi alma se fatiga buscando el horizonte.

Y me enloquecen los nervios.

No podré con esta piel que me amortaja,

pues ya mi alma se ha enfundado en la amargura

y no tengo más que un sufrimiento, que es la vida,

y el esquivo renacer de un sentimiento:

el maldito rigor de no ser nada.

Oh vida inmunda y desoladora

que a mis venas envenenas con sed loca,

déjame vivir en la soledad de mi ser,

déjame vivir en el silencio,

pues tu palabra será mi tortura

y tú callar la soga ávida que apagará mi aliento.

Pensando en azul

Silencio.

Todo en la oscuridad me oprime,

como si ya no fuera posible vivir.

En el aire, un impávido suspiro

y tu alma.

Un dolor, un clavel, un verde

instante serpentearán.

La magnitud del viento en el silencio.

Cómo desgarra, tan llorando.

Se quebranta el corazón.

Los espejos de tu voz se quiebran.

Silenciosamente nos morimos.

Silenciosamente.

Y en silencio, alzando su dolor, se fue.

Ya no hay alma

ni suspiros en el aire.

Sólo queda un dolor,

un clavel,

un verde instante.